Es hora de obtener conclusiones, por Manuel Sarachaga

Formar parte de la Unión Económica y Monetaria (UEM) desde sus inicios fue un éxito indudable para España. Fuimos capaces de superar el reto de las exigencias de Maastricht y de abandonar el tradicional retraso que nos caracterizaba cuando de incorporarse a avances junto con nuestros vecinos europeos se trataba.

Desde entonces hasta la profunda recesión actual, los españoles hemos disfrutado de años de gran crecimiento económico, de importantes avances y de un incuestionable progreso en nuestro nivel de vida. Pero fueron también los años en los que se gestaron los grandes desequilibrios que nos han traído hasta aquí.

El fuerte ritmo de expansión económica y la insuficiencia de ahorro nacional durante ese periodo provocaron un elevado flujo de crédito proveniente de nuestros socios en la UEM, cuyas contrapartidas más visibles han sido un creciente endeudamiento, un constante diferencial de inflación respecto a los países de nuestro entorno y, en consecuencia, una acusada pérdida de competitividad exterior.


Le Figaro 24 heures (Orlando Sierra/AFP)

Este inmenso caudal de crédito barato -incentivado por los bajos tipos de interés establecidos por el BCE y posibilitado por la casi ilimitada capacidad de expansión crediticia del sistema financiero-, junto con otros factores -legislativos y demográficos, entre otros-, determinaron un desarrollo desequilibrado nuestra estructura productiva, potenciando sectores de baja productividad que acapararon ingentes recursos productivos y lastraron el desarrollo de otros sectores con más futuro pero menos favorecidos por los réditos especulativos que el crédito abundante y barato favorecía.

Este proceso no sólo impulsó determinadas ramas de actividad y elevó el precio de ciertos activos, como inmuebles o activos financieros, sino que toda la economía española terminó por convertirse en una gran “burbuja” en la que los españoles disfrutábamos de una renta per cápita insostenible y basada en un tremendo nivel de endeudamiento. También las administraciones públicas se expandieron al calor de unos ingresos públicos insostenibles. Vivimos durante un tiempo por encima nuestras posibilidades y, lo que es peor, hipotecamos nuestra capacidad de consumo, inversión y generación de ahorro neto en el medio plazo. Una insensatez.

Sigue aquí.

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