Aparachiquis

En el año 2000 Zapatero se hizo con el liderazgo de un partido socialista desarbolado tras el sieso de Almunia y el fuego amigo suministrado a Borrell. Con la promesa de traer un cambio tranquilo ZP prometió federalismo, listas abiertas y primarias. Que la actual crisis del modelo territorial y la ruptura del pacto constitucional es culpa de nuestro presidente y su dócil partido, es evidente. Que lo que él y los nacionalistas estén planteando para España pretenda pasar por federalismo es una burda patraña.

Si valoramos sus promesas de listas abiertas y primarias, el persistente modelo de cooptación vaticano del que se nutre la cultura socialista ha generado una organización disciplinada y una militancia con enormes tragaderas ideológicas, mansa, silenciosa y obediente.

«No se ha perdido ni un minuto en debatir quién debe ser el candidato», ha dicho Hugo Morán sobre la candidatura autonómica, en una frase demoledora de tristes implicaciones. Para Gijón, Santiago Martínez, será designado candidato en un ‘teatrillo’ ante la ausencia de candidaturas alternativas. Mientras tanto el PP asturiano, ese partido de caciques locales y ácratas francotiradores con tics de partido minoritario, se empeña en complicarse la vida escenificando ridículos de manera pública.

Asturias vive en un sistema de partido hegemónico, con una organización socialista de aristócratas, eternizada en los órganos de poder administrativo y controlando los presupuestos; como mera estructura burocrática desideologizada y modelo de carrera profesional vinculada a los cargos públicos. Los democristianos gobernaron Italia del 48 al 90, basados en una política clientelar, redes parentales y una compra sistemática de la oposición (comunistas incluidos). ¿Primarias, para qué?

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Ovnis

(Un mal artículo, No es que el resto sean para tirar cohetes, pero ha sido el que menos me ha gustado)

Una vez reformado el contrato de concesión original, de 10,6 millones de euros, y reducido el número de plazas de 300 ¡a 150! Niveles freáticos, canteras de piedra y ovnis habituales de la contratación pública aparte, les voy a explicar lo que no entiendo. El consistorio asumía con fondos públicos los 3,6 millones de euros de la construcción en superficie, principalmente el levantamiento de una gran rotonda deprimida (lo de la depresión de la rotonda lo dice el Ayuntamiento), mientras que la parte subterránea se vinculaba a un contrato de concesión que buscaría una determinada utilidad pública.

Esa utilidad podría ser la provisión de plazas de parking para solucionar nuestro grave problema de aparcamiento. Mayor número de plazas ofertadas, menor precio para los compradores «Oferta y demanda», repetía el loro economista. La empresa hace sus cálculos, y resulta que una vez empezada la obra (las modificaciones siempre se plantean de esta manera para presionar con la paralización, aprendan del ejemplo de Ruta del Molinón, Superpuerto y HUCA) nos encontramos con que sobran la mitad de las plazas ya que no hay demanda suficiente.

La verdad es que la planificación merece todo tipo de elogios. ¡Qué estudio de mercado! ¡Qué momento más idóneo para una obra de estas características (Crisis y verano)! Es posible que si llueve lo suficiente entre los meses de julio y agosto no nos enteremos de las molestias para el tráfico y el comercio. Mis ganas de bromear sobre los efectos de una obra en las ventas se acabaron el día que vi llorar a una amiga mientras liquidaba su tienda tras dos años de retrasos en el cierre de una acera. A ver si por ayudar a determinados constructores a pasar la crisis, nos vamos a acabar cargando a los comerciantes de Gijón.

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Inferir

Mientras mis ojos asombrados observan la creación de un nuevo tipo de nacionalista catalán (andaluz); y nuestro presidente y el PSOE viven preocupados por la imposible resolución de un conflicto melancólico, de quien, paradójicamente, son los máximos responsables; al resto del país nos toca preocuparnos por las cosas del comer. Datos: la recaudación ha bajado un 13,6% en 2008 y un 17% en 2009. No hay que controlar los arcanos de la contabilidad pública para entender las implicaciones. Dentro de ese mapa, toda la Administración comparte dificultades, pero especialmente unos ayuntamientos cuyos problemas de endeudamiento son anteriores a la crisis.

Nuestro gobierno obvia el más mínimo análisis sobre un modelo de estado inviable con nuestros actuales ingresos. En el ámbito local, sobre el problema de financiación estructural que aqueja a todos los ayuntamientos de España, ha optado, tras el espectáculo habitual de errores, por la tontería supina de decretar que ninguno pueda acudir a la deuda. La medida ya ha tenido toda clase de efectos perversos potenciados por el año electoral: plenos extraordinarios a las carreras, penalización a los buenos gestores que gozan de un nivel de endeudamiento menor, infraestructuras de inversión plurianual paralizadas. Y lo más grave es que no ataca la raíz del problema.

España, por la vía de los hechos y de la falta de ingresos, ha entrado en un nuevo proceso constituyente. En los años de invierno económico que nos esperan, necesitamos construir un nuevo modelo de Estado integrando los tres niveles territoriales de una manera más eficiente. Debemos cuestionarnos, por encima de estériles debates sentimentales, si el Estado ‘superdescentralizado’ y redundante no murió con la crisis.

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